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El futuro que no vendrá

'Born in Flames' (1983) de Lizzie Borden.  EEUU, 90 min.

 

 

BSO

Escena 1

New york, dos hombres intentan violar a una mujer a plena luz del día. Un grupo organizado de mujeres en bicicleta irrumpe en la escena a golpe de silbato.

 

Premio Especial del Jurado en Berlín y Mejor Película en el Festival de Cine de Mujeres de Créteil (1983), la recientemente restaurada 'Born in Flames'  es un ejercicio de imaginación radical queer que en los albores de los 80 construyó un futuro deseable haciendo uso de un presente desesperanzador.

 

En la resaca de una revolución socialdemócrata denominada Guerra de la Liberación, las habitantes del New York del futuro practican la desobediencia civil. El Ejército de las Mujeres, liderado por Adelaide Norris (Jean Satterfield) y perseguido por el FBI, está compuesto por mujeres negras y en su mayoría lesbianas que, mediante el uso de la acción directa (encuentros de autoconciencia feminista, acciones poéticas o en una última fase activismo militarizado), denuncian las desigualdades de género, raciales, sexuales y económicas que persisten en el seno del complaciente nuevo estado socialista. Mientras que el Ejército de las Mujeres toma las calles, las personalidades radiofónicas de Honey (interpretándose a sí misma) e Isabel (Adele Bertei, cantante no wave líder del primer grupo punk lésbico The Bloods) dirigen respectivamente Radio Phoenix y Radio Ragazza, radios clandestinas que canalizan las reivindicaciones de la subversiva escena punk y afrofuturista. Los esfuerzos de la líder Norris por visibilizar la violencia que el Estado ejerce sobre las mujeres arrastrará alianzas con otras comunidades internacionales -como la saharaui-, y convencerá a los distintos grupos feministas de la ciudad de que únicamente mediante la colectivización de sus fuerzas se puede desafiar a un sistema excluyente.

 

Escucho sobre 'Born in Flames' fuera de España, entre conversaciones de mujeres que miran a otras mujeres. Recientemente Filmin la recupera en el marco del Festival de Culturas Lesbianas visibLES, y caigo otra vez al subestimar la radicalidad de una propuesta de los 80. La experiencia de visionar 'Born in Flames' es poderosa porque arrastra e hipnotiza con una poesía que en realidad es activismo. Treinta y ocho años después de su estreno la pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué en una época donde la conciencia feminista parece estar más presente que nunca, la  propuesta de 'Born in Flames' sorprende por su radicalidad? La respuesta, vislumbrada por no pocas autoras a lo largo de las últimas décadas,  permanece  inmutable: 'aunque desde los 80, la estética y la crítica cinematográfica hayan cambiado, los motivos para la revolución de las protagonistas no lo han hecho'.

 

Durante cinco años se filma una película de mirada documental que no atiende a guión ni utiliza a actores profesionales. El New York de finales de los setenta intentaba olvidar el Watergate mientras se preparaba para el inicio de la economía neoliberal, el SIDA, la estancación económica o la gentrificación. La película surge además en un momento donde el espiritualismo había sustituido la revolución sexual de la segunda ola feminista norteamericana. Esta ola, que se inició en los 60, también trajo consigo el inicio de la esclarecedora teoría cinematográfica feminista así como a las primeras autoras y documentalistas dispuestas a inscribir subjetividades femeninas en el relato. Sin embargo, en los años 80 llegaría la inevitable crítica a un movimiento que aún no se reconocía como interseccional. 'Born in Flames', por el momento de su filmación, se convierte en un reflejo explícito de los reclamos antirracistas de mujeres afroamericanas, latinas, indoamericanas y asiático americanas. En un tiempo en el que se empieza a revisar lo que hasta entonces había supuesto la crítica feminista cinematográfica, Lizzie Borden incorpora la clase, la raza, la etnia, el lenguaje y la representación cultural como factores que también atraviesan la construcción social de nuestros cuerpos, tal y como clamaban teóricas del momento como Teresa de Lauretis o Bell Hooks.

 

Este conflicto con la izquierda blanca se encuentra lúcidamente escenificado en la película. En su búsqueda por aunar fuerzas y colectividades, la líder Norris se encuentra con la oposición de una evasiva izquierda femenina blanca, redactoras del principal periódico socialista de la ciudad. Sin embargo, aunque las mujeres blancas escriben para el poder, son las mujeres racializadas las  principales comunicadoras de la película, encarnadas en la figura de Honey como penetrante voz de Radio Phoenix. En su lucha por aunar las voces del feminismo hetero-normativo blanco y el feminismo antirracista y anticapitalista, Norris se sirve de una joven teoría queer para cuestionar si la verdadera diferencia entre estos colectivos de mujeres no era acaso una cuestión de raza, clase e identidad sexual.

 

La contemporaneidad de una película cuya autora define como ciencia ficción también tiene mucho que ver con su apuesta expresiva y con cómo explora el medio cinematográfico. 'Born in Flames' aspira a lo inclasificable y transpira posmodernidad cuando acumula etiquetas y perfora géneros. Incorporando una cámara documental, especula con un futuro próximo que no se reconoce como utopía ni distopía sino, en palabras de la directora, como una 'analtertopia':  'an imagined time and place that presents the world as it otherwise might be. ('Un tiempo y lugar imaginario que nos presenta otra versión del mundo'). En una entrevista de 1983, Borden justifica de la siguiente manera el uso de la ciencia ficción en su película: '¿Qué pasaría si la opresión hemos estado experimentando durante generaciones finalmente obligara a un  grupo de mujeres a armarse y apoderarse de los medios de comunicación para redirigir el significado y recuperar el lenguaje? Lo llamo ciencia ficción porque no creo que suceda.'

 

Un futuro no estilizado que se aleja de las imágenes grandilocuentes a las que la ciencia ficción nos tenía acostumbradas, mostrándonos en su lugar cómo el día a día de las mujeres norteamericanas no ha cambiado. La utilización de imágenes del presente para narrar un futurible transmite a la audiencia mayor sentido de la responsabilidad, pues el problema pasa a ser reconocible. Me pregunto '¿podría pasarme ahora?', y por lo tanto ahora es la urgencia de cambiar las cosas. Transitar un horizonte que reconocemos como actual nos ayuda a despertar del mito del futuro: el futuro ya está aquí. La audacia de Lizzie Borden consiste en plantear un film de ciencia ficción donde el progreso no reside en los cambios tecnológicos ni estilísticos, sino sociales. El feminismo reside ahí.

 

Pero el de la ciencia ficción no es el único lenguaje que 'Born in Flames' transgrede. El control de los medios de comunicación –la recuperación del lenguaje– es precisamente el principal objetivo de las mujeres sublevadas. Incorporando a la ficción hitos históricos como el 'Wages for Housework' (la campaña internacional de los 70 que buscaba el reconocimiento del trabajo reproductivo como parte de la productividad social), el Ejército de las Mujeres llega a hackear un discurso presidencial televisivo para pedir en directo un sueldo para las amas de casa. El movimiento de mujeres neoyorquino evoluciona de esta manera desde un escenario fragmentado con diversos colectivos que desarrollan la acción directa de forma independiente, hacia la unión de los mismos para desbancar al estado patriarcal en su control de la esfera pública. Ver la película hoy, en un momento donde las herramientas mediáticas hegemónicas retumban más que nunca las líneas divisorias de los feminismos, recuerda la importancia de apuntalar el lenguaje por parte de una mayoría de sujetos políticos mujeres que abogan por valorar y fortalecer la multiplicidad y no extender la grieta.

 

 

Escena 2

Dos mujeres se cuelan en lo que parece ser la sede principal de las redes de comunicación televisivas de la ciudad. Tras esquivar la seguridad, llegan a la base de una torre de telecomunicaciones. Depositan en su base un elemento detonador.

 

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