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Un silencio propio como una habitación

 

'De stilte rond Christine M.' ('A Question of Silence')

Marleen Gorris, Países Bajos, 1982, 92’

 

 

En una noche de insomnio devoré 'Un amor' (2020) de Sara Mesa. Haciendo uso de una voz justa y austera, Sara perfila a una joven traductora y las posibilidades e imposibilidades de comunicación que encuentra a su llegada a una pequeña comunidad rural. El lenguaje es, en este caso, el lugar omnipresente en el que colisionan las expectaciones, deseos, y desasosiegos de los miembros de la comunidad. La protagonista lidia de forma constante con lo que debería haber dicho y finalmente se ha callado, con el yo interno que debiera quejarse y no salta. La espera del lector, es la espera del que pretende ver crecer a un personaje, que ansía que la chica encuentre ‘una voz propia’ desde donde elevar sus reproches al opresor. Pero esta voz, empoderante, justiciera y rabiosa, nunca llega. Sin embargo, nuestra protagonista crece.

 

En 1982, se estrena el clásico feminista 'De stilte rond Christine M.' traducido como 'A Question of Silence' en Inglés y 'El silencio de Christine M.' en Castellano. Su directora, la holandesa Marleen Gorris,  sería mediáticamente  criminalizada por divulgar un mensaje de odio cargado de violencia explícita hacia los hombres. Sin embargo, las imágenes  causantes de este relato público de violencia, las que exponen la escena de ensañamiento de las tres mujeres protagonistas hacia el cuerpo inerme de un empleado comercial, no existen. En su lugar, el film se conforma con el contraplano de la víctima, que muestra a  tres agresoras cuyos gestos vacíos de emoción parecen no querer dedicar a la víctima ni un átimo de furia.

 

Estos dos ejemplos, el del libro y el del estreno del film que me dispongo a analizar, parecen no tener nada en común. Sin embargo, ambas autoras, Sara Mesa y Marleen Gorris, frustran las expectativas resolutivas del lector/espectador sustituyendo la imagen esclarecedora por la contención y el silencio. Un silencio que, en 'De stilte rond Christine M.', alcanza su máxima y más ensordecedora expresión.

 

La historia que la película desgrana es la de un asesinato cometido colectivamente por tres mujeres. No se conocen entre ellas ni tienen conexiones en común, desempeñan distintas profesiones y provienen de diferentes estratos sociales. Mientras que Andrea (Henriëtte Tol) es una joven y brillante secretaria en una multinacional, Annie (Nelly Frijda) es una divorciada solitaria que trabaja en la cafetería de un barrio obrero, y Christine (Edda Barends) un ama de casa acomodada madre de tres niños. Un día, coinciden en una boutique, donde Christine intenta robar una prenda. Al ser reprendida por el dependiente, las tres mujeres deciden espontáneamente (y bajo la cómplice mirada de otras clientas del negocio), darle una paliza mortal.

 

La película abre con el arresto de las tres culpables. Una psiquiatra de éxito, la Dr. Janine van den Bos (Cox Habbema), es llamada para estudiar a las autoras del asesinato, encarnando la mirada del espectador en el análisis del caso. La búsqueda del motivo será desde el inicio el motor de la película, aunque progresivamente se revele la necesidad de no dar una respuesta. ¿Por qué, acaso no está clara? ¿La respuesta es demasiado compleja? ¿O la verdad demasiado insoportable? Recuerdo a aquel nazi arrepentido que hace poco entrevistó el periodista Jordi Évole, y su perturbación al manifestar cómo una mañana cuando se miró al espejo, no se reconocía. Vislumbró entonces la mentira en la que llevaba 25 años viviendo. ¿Cómo aguantar la verdad, reconocer que tu sociedad estaba equivocada?.

 

Las tres mujeres judicializadas en el film de Gorris performan modos diferentes de lenguaje. Andrea, la secretaria, elige muy bien sus palabras sirviéndose del sarcasmo y la ironía para contraatacar a las preguntas inquisitivas de la psiquiatra. Cuenta los hechos aunque no estén completos y su verdad está desdibujada. Su independencia guarda similitud con  la de la doctora, por lo que Janine se sentirá especialmente identificada con ella. Andrea le hace despertar del sueño, le pone delante del espejo.

 

                                                                     

 

Los flash backs que exponen la vida de Andrea hacen hincapié en su situación laboral. En una reunión de empresa, su jefe le invita a exponer una idea en una mesa llena de hombres. Interrumpida tras unos breves segundos de exposición, se le reclama celeridad antes de que su idea sea burdamente copiada por su compañero y celebrada por el resto de la comisión (una escena que a más de una nos sonará familiar). Ante el incidente, Andrea se queda pensativa mientras da vueltas y vueltas a su café con la cucharilla, provocando un leve tintineo que, como su habla, será una vez más interrumpido y corregido por sus superiores.

 

Annie es una mujer que habla demasiado. Tras trabajar durante décadas como ama de casa en un matrimonio estable, su marido le abandona y su hija se casa. Ahora vive sola con su gato y es camarera en una cafetería donde diariamente recibe comentarios machistas. Su naturaleza alegre y combativa le aísla de cualquier temor, aunque como resultado  haya desarrollado una risa escandalosa y excesiva que la psiquiatra escucha con terror. Su incontrolable verborrea construye un testimonio desordenado pero sincero, donde las palabras se superponen unas sobre otras para enterrar el origen de su descontento.

 

                                        

 

En contraposición a la permanente cháchara de Annie, la tercera de nuestras mujeres, Christine, ha elegido el silencio. Su  marido afirma que 'ya antes del asesinato dejó de hablar porque no tenía nada que decir', aunque seguramente haya dejado de hablar porque nadie le escucha. Christine vive sumergida en la exasperante rutina de cualquier ama de casa de finales de los 70: entre la infalible asistencia marital y la crianza, encuentra momentos de liberación al montar con sus hijos en una noria o yendo a consumir a una boutique. Hasta que acude a una de ellas y mata a un hombre.

 

El silencio de Christine es tan significativo como la ambigüedad juguetona de Andrea o la estrepitosa risa de Annie. De hecho, tal y como afirma Mar Gallego en su premiado ensayo 'Dueñas de su silencio' (2013), el silencio adquiere significado cuando está rodeado de palabras, naciendo a pesar del lenguaje y gracias a él. Gallego firma este luminoso estudio donde se sirve de Butler y Sontag para analizar la voluntad de permanecer calladas de las mujeres protagonistas de tres éxitos cinematográficos: 'Persona' (Ingmar Bergman, 1966), 'The Piano' (Jane Campion, 1993) y 'Nell' (Michael Apdet, 1994). En todas estas ficciones, como en la vida, se parte del error habitual de entender que los diferentes miembros de la sociedad coexistimos dentro de un 'común' mundo lingüístico. Nos explica Mar cómo olvidamos en ocasiones, que las palabras primigenias que nos enseñaron no nos pertenecen, que el lenguaje que utilizamos es un factor más engenderizado, construido bajo la influencia cultural de una sociedad patriarcal. Es en el momento que no podemos reconocernos en el lenguaje que sustenta nuestra comunicación, cuando la negación de la palabra – ‘el silencio elegido’ que define Gallego- se erige como solución. El silencio elegido de nuestra Christine en 'De stilte rond Christine M.' representa la lucha por escapar de un sistema dado de significantes que resulta asfixiante, donde su rol queda limitado al de la figura de esposa o madre.

 

Este silencio activo y resistente, desvinculado de conceptos como inseguridad, pasividad o represión, se expanderá hasta alcanzar de lleno a la psiquiatra Van den Bos. Aunque pensaba que tras décadas de carrera su voz ya estaba legitimada, se da cuenta de que se espera de ella un diagnóstico psíquico que apuntale el discurso judicial y perciba a las acusadas como sujetos enajenados. Tal y como hace referencia Amelia Groom en 'Eruptions of Silence: The Unheard, the Unsaid, and the Politics of Laughter in Marleen Gorris’s A Question of Silence', asumir la inexplicabilidad de los hechos y concebir el silencio  de Christine como debilidad o síntoma de locura supondría despreciar los activismos que suceden en los márgenes del lenguaje oficial. Su principal objetivo se convierte entonces en demostrar que estas tres mujeres no están locas, contrariando a esa voz oficial que sostiene que 'ni si quiera supieron deshacerse de alguien con profesionalidad'.

 

La negación de la venganza –concebida como acto de autonomía y agencia- se convierte en el film de Gorris en un instrumento más de silenciamiento de la experiencia femenina.  Reclamar la capacidad de violencia sin remordimiento es aquí un acto subversivo -y ante todo, simbólico- del derecho a ser culpables, incluso amorales. El incesante esfuerzo de la doctora Van den Bos por demostrar que esas mujeres actuaron consciente y racionalmente se convierte en un poderoso alegato contra la psiquiatrización de nuestra protesta.

 

                                      

 

 

PERO, ¿ QUÉ HUBIERA PASADO DESPUÉS?

 

La línea temporal que narra los acontecimientos de la película alcanza sólo hasta el momento del juicio final y el alegato de la psiquiatra. En él, el poder judicial observa petrificado cómo la hija pródiga decide salirse del guión marcado y defender el perfecto estado mental de las acusadas. Lo que pasará entonces -el brote espontáneo de las carcajadas de las acusadas que crecerá imparable contagiando a  todas las mujeres presentes en la sala-, supone la venganza al lenguaje opresor, pues junto al silencio, sólo la risa es capaz de interrumpir un sistema de comunicación excluyente (para ampliar sobre las políticas de la risa volver al brillante artículo de Amelia Groom para Another Gaze).

 

Sin embargo, aunque las espectadoras desconocemos el veredicto final, podemos imaginarnos cuál es el destino que les espera a Christine, Annie y Andrea.  Aceptar una histeria justificada implicaría reconocer que existe una provocación en el sistema que la sustenta. Mejor es diagnosticarla y patologizarla, ubicarla dentro de un cuadro médico controlado para poder aislarla en un espacio amurallado. Estas experiencias, fueron tempranamente descritas por Marylin French en el clásico feminista 'The Women’s room' (1977, traducido al castellano como 'Mujeres') donde Lily, un ama de casa de los suburbs americanos de los 50, es psiquiatrizada tras soportar un claustrofóbico matrimonio:

 

'No podía ir a verla ese día, mejor dicho, durante esa semana. Estaba haciendo la limpieza general de la casa. Visitó a Lily la semana siguiente: bebieron café y hablaron de ropa. Lily trató de abrir una brecha, de hablarle a Mira de los errores de los tratamientos de electrochoque, de sus cartas aterrorizadas, de los “¡socorro!” escritos con lápiz labial en papel higiénico y pegados en las ventanas hasta que entró la enfermera y los descubrió. O las notas arrojadas desde la ventana en las cabezas de los visitantes dominicales. O sus frenéticas súplicas a Carl para que se la llevara, siempre que la visitaba. Mira sonreía, asentía. Tardó mucho en volver a visitar a Lily.'

 

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